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Gritarles a los hijos: por qué no funciona (y qué hacer en su lugar)

Gritarles a los hijos: por qué no funciona (y qué hacer en su lugar)

Foto por Vitaly Gariev en Unsplash

Muchos padres que jamás le pondrían una mano encima a su hijo sí le gritan cuando se desesperan, y suelen verlo como algo inofensivo o hasta necesario: "Si no le grito, no me hace caso." Un estudio publicado en Child Development muestra que los gritos no solo no funcionan, sino que pueden empeorar justamente lo que queremos corregir.

¿Qué se investigó?

Ming-Te Wang y Sarah Kenny siguieron a 976 familias con papá y mamá durante dos años, cuando los hijos tenían 13 y 14 años. Midieron cuánto usaban los padres la disciplina verbal dura y cómo evolucionaban en los hijos:

  • Problemas de conducta: mal comportamiento en el colegio, mentiras, robos, peleas.
  • Síntomas depresivos.

Los investigadores definieron la disciplina verbal dura como usar las palabras para causar dolor o malestar emocional con el fin de corregir una conducta. Incluye desde gritar hasta insultar, decir malas palabras o humillar ("¡Usted es un vago!", "¡Qué tonto!").

Es muy común. Según los autores, cerca del 90 % de los padres estadounidenses reconoce usar alguna forma de ella, y alrededor de la mitad usa formas severas con sus hijos adolescentes, como insultos o groserías.

Los resultados

1. Los gritos empeoran la conducta en lugar de corregirla

Los adolescentes que recibían más disciplina verbal dura a los 13 años tenían más problemas de conducta y más síntomas depresivos a los 14. Los gritos resultaron no solo inútiles, sino contraproducentes.

2. Se forma un círculo vicioso

Los hijos con más problemas de conducta a los 13 años recibían después más gritos, y esos gritos a su vez aumentaban los problemas. Es un ciclo que se alimenta solo.

3. El cariño no borra el daño

Es el hallazgo más llamativo. Muchos padres piensan: "Sí le grito, pero él sabe que lo quiero." El estudio encontró que la calidez del vínculo no protegía contra los efectos negativos de los gritos. Aunque la relación fuera buena, el daño seguía ahí. Wang lo resumió así: la disciplina verbal dura parece ser perjudicial en todas las circunstancias.

4. Pasa igual con papá y con mamá

Los efectos se observaron tanto en la disciplina de los padres como en la de las madres.

¿Por qué los gritos hacen daño?

Los autores explican que la hostilidad de los padres tiene dos efectos en los adolescentes:

  • Aumenta su enojo e irritabilidad, lo que los vuelve más propensos a desafiar, pelear o romper reglas.
  • Reduce sus frenos internos. En lugar de enseñar autocontrol, el grito les muestra que perder el control es una forma válida de resolver conflictos.

Esto coincide con lo que proponen Siegel y Bryson en Disciplina sin lágrimas: un niño o adolescente desbordado no puede aprender, y un adulto que grita lo desborda aún más. Cuando los gritos incluyen insultos o humillaciones, el mensaje deja de ser "hiciste algo mal" y pasa a ser "eres malo".

¿Qué hacer en su lugar?

  • Haga una pausa antes de hablar. Si siente que va a explotar, dígalo: "Estoy muy enojado. Voy a tomarme un momento y ya hablamos." Así también le enseña a su hijo cómo se maneja el enojo.
  • Critique la conducta, no a la persona. Diga "Llegaste dos horas tarde y no avisaste; eso no está bien" en lugar de "¡Eres un irresponsable!".
  • Hable de las consecuencias con calma. Los propios autores recomiendan conversar con el adolescente sobre la conducta, las reglas y sus consecuencias, en lugar de gritar.
  • Baje el volumen, no la firmeza. Un límite dicho con voz tranquila y segura tiene más autoridad que un grito.
  • Repare cuando se equivoque. Todos perdemos la paciencia alguna vez. Decir "Perdón por gritarte, no estuvo bien. Lo que quise decir es…" protege la relación y le enseña a su hijo a asumir responsabilidades.
  • Rompa el círculo. Si nota que en casa los gritos se han vuelto la forma habitual de comunicarse, pedir ayuda profesional no es un fracaso. Es una forma de cuidar a su familia.

Lo que el estudio no dice

  • La muestra fue de familias de Estados Unidos, principalmente de clase media, con hijos adolescentes. En niños pequeños y en otros contextos culturales los efectos podrían variar.
  • Es un estudio observacional. Aun así, que se haya hecho a lo largo del tiempo le da más fuerza que un estudio de un solo momento.

El mensaje es claro: gritar no educa. Controla la situación por un momento, pero a largo plazo aumenta los problemas que queremos resolver, aunque haya amor de por medio.

Fuente: Wang, M.-T. y Kenny, S. (2014). Longitudinal links between fathers' and mothers' harsh verbal discipline and adolescents' conduct problems and depressive symptoms. Child Development, 85(3), 908–923. https://doi.org/10.1111/cdev.12143